
“Quemar libros y erigir la muralla son operaciones que secretamente se anulan […] Acaso la muralla fue un desafío y Shi Huang Ti pensó: «Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo, ni pueden mis verdugos; pero alguna vez habrá un hombre que sienta como yo, y ese destruirá mi muralla, como yo he destruido los libros, y ese borrará mi memoria y será mi sombra y mi espejo y no lo sabrá».”
— Jorge Luis Borges, La muralla y los libros (incluido en Otras inquisiciones, 1952).
Saber de historia no se limita a repetir fechas, ni a tomar acontecimientos trascendentales y de los mismos extraer detalles anecdóticos: la historia es una ciencia social que, como toda ciencia, tiene sus rigurosos márgenes, pero que al mismo tiempo se nutre de otras disciplinas como la antropología, la sociología, etcétera, e inclusive de ciencias duras como la matemática al momento de analizar estadísticas y elaborar trabajos de índole cuantitativa.
No existe la historia objetiva; toda investigación, tratado, análisis o discurso va a estar permeado por la subjetividad de quien lo lleve adelante. ¿Esto hace de la historia un saber “poco riguroso”? Absolutamente no.
Estudiar la historia y conocerla no solo sirve para saber lo que aconteció, ya sea de manera reciente o en épocas remotas, sino para una cabal comprensión del presente y para poder vislumbrar el futuro a la luz de ciertos patrones que tienden a repetirse.
Las biografías poco pueden aportar si no se las sitúa debidamente; la historia no es solamente la vida y obra de los hombres célebres, sino también rescatar a aquellos que la forjaron y que quedaron al margen de los relatos canónicos.
Se ha repetido hasta el cansancio aquella frase que afirma que “los pueblos que no conocen su historia están destinados a repetirla”, pero poco se ha dicho acerca de cómo lo sucedido muchas veces se reescribe para que tenga un correlato en el presente y sirva para justificarlo.
La manipulación del pasado, como se ha planteado en obras como 1984 —«quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado» (“Who controls the past controls the future. Who controls the present controls the past”)—, ha sucedido a lo largo de los tiempos con mayores o menores matices; y cuando ese pasado incomoda y no se ajusta a los requerimientos del presente, lisa y llanamente se lo elimina.
No hay nada nuevo bajo el sol (perdón por la frase con la que inicio el párrafo: a veces hay que renunciar a toda pretensión de originalidad); en la antigua China podemos encontrar un ejemplo que, por antiguo que sea, no nos deja de interpelar y alarmar.
Qin Shi Huang (originalmente Ying Zheng, 259 a. C. – 210 a. C.), fundador de la dinastía Qin y primer emperador de la China unificada, rechazó el antiguo título real (Wang) y creó el término Huangdi (Emperador Supremo), proclamándose el “Primer Emperador” (Shi Huangdi), y decidió como acto fundacional de su reinado la abolición de la historia previa a su llegada al poder: el célebre episodio conocido como «la quema de libros y el entierro de eruditos» (Fenshu kengru).
Durante su reinado ordenó confiscar y quemar en plazas públicas todos los anales históricos que no pertenecieran al estado de Qin, así como los textos filosóficos de las “Cien escuelas del pensamiento” (especialmente el Clásico de la Poesía, el Clásico de la Historia y las obras confucianas). Solo se salvaron los libros de utilidad práctica inmediata: agricultura, medicina, farmacia, adivinación y silvicultura, además de los registros oficiales de la corte de Qin.
Quien hablara de los textos antiguos en público era ejecutado; quien utilizara el pasado para criticar el presente corría la misma suerte junto con toda su familia; y los funcionarios que no denunciaran estas faltas eran condenados a trabajos forzados en la frontera. El objetivo ideológico era claro: hacer que la historia y el conocimiento comenzaran con su reinado.
Aunque la dinastía Qin colapsó pocos años después de su muerte (en el 206 a. C.), las obras clásicas lograron sobrevivir gracias a copias escondidas en paredes de casas y a la memoria oral de los sabios, siendo recuperadas y reconstruidas durante la posterior dinastía Han.

Más cerca en el tiempo y por estas latitudes se han llevado adelante medidas con los mismos fines: apenas un mes después del golpe en Argentina, el 29 de abril de 1976, el comandante del III Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, encabezó una quema pública de libros en el predio del Regimiento de Infantería Aerotransportada 14 en la provincia de Córdoba.
En aquel acto, convocado frente a la prensa, se arrojaron al fuego obras del filósofo y economista Karl Marx, de Sigmund Freud —padre del psicoanálisis— y de escritores como Marcel Proust, Gabriel García Márquez, Antoine de Saint-Exupéry (autor de El Principito) y del poeta chileno Pablo Neruda.
Esta quema de libros fue acompañada por una declaración explícita de refundación ideológica que demostraba que los jerarcas de la última dictadura también aspiraban a que la historia comenzara con ellos, según consta en el comunicado oficial del III Cuerpo de Ejército (1976):
“Se hace saber a la población que con fecha de hoy se procede al secuestro e incineración de esta documentación perniciosa que afecta al intelecto y a nuestra manera de ser cristiana […] a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas, para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos.”
Las quemas de libros se sucedieron a lo largo y a lo ancho de la última dictadura cívico-militar: el 26 de junio de 1980, en un terreno baldío de la localidad de Sarandí (Avellaneda), la policía bonaerense y autoridades judiciales ejecutaron la orden de incinerar 1,5 millones de ejemplares pertenecientes al Centro Editor de América Latina (CEAL), fundado por Boris Spivacow. Alrededor de 24 toneladas de papel que incluían fascículos de divulgación científica, clásicos de la literatura universal, colecciones de arte, ensayos de sociología y literatura infantil fueron acusados de “subversivos” y se actuó de acuerdo con las órdenes emitidas.
A diferencia de otras quemas clandestinas, en la de Sarandí el editor y su equipo concurrieron al lugar junto al fotógrafo Ricardo Figueira, quien se encargó de documentar la enorme fogata que ardió durante días, transformando esas imágenes en un testimonio visual clave de la censura llevada al extremo.

Del mismo modo que en la China de Qin Shi Huang los letrados ocultaban textos clásicos en las paredes para preservarlos, entre 1976 y 1983 miles de familias, docentes e intelectuales argentinos recurrieron a la quema preventiva en patios o al entierro clandestino de sus bibliotecas en jardines y sótanos por temor a los allanamientos y a las consecuencias que podía acarrear poseer libros “prohibidos” por el régimen.
La pulsión totalitaria, encarnada en acciones destinadas a borrar la memoria escrita, reveló en última instancia la fragilidad de cualquier poder que necesite el silencio para sostenerse y que encuentra en la palabra escrita uno de sus mayores enemigos.
Desde las hogueras de Qin Shi Huang hasta los baldíos humeantes de la última dictadura argentina, la pretensión de inaugurar una nueva era anulando el pensamiento crítico y cualquier registro previo a la instauración de los regímenes ha chocado siempre con la obstinación de quienes protegen la palabra. Tal como se refleja en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, queda en evidencia lo peligrosa que resulta la palabra cuando transita por fuera de los andariveles del relato oficial.
Los imperios caen, las juntas militares se disuelven, pero los textos enterrados, memorizados o rescatados del fuego terminan por resurgir y se erigen en testimonios indelebles de una época.
Comprender la historia como un territorio en constante disputa de sentido es vital y nos exige renunciar a la ingenuidad frente a los discursos del presente. Como advirtió el Papa Francisco en su exhortación apostólica Christus Vivit (2019, n. 181):
«Desconfíen de quien les proponga ignorar la historia, renegar de las experiencias de los mayores, despreciar todo lo pasado y mirar solo hacia un futuro que él les ofrece.»
No se trata únicamente de recordar para no repetir errores de manera mecánica, sino de ejercer una vigilancia activa sobre los relatos que se nos presentan como absolutos. En tiempos donde la manipulación adopta ropajes más sutiles que las cenizas de una pira pública, defender la complejidad del pasado, la pluralidad de voces y la rigurosidad crítica sigue siendo el acto de resistencia más urgente.
José Luis Zamora – Profesor de Filosofía



