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Del relato de Atwood al presente argentino

El avance reaccionario erosiona derechos y naturaliza la pérdida de lo común.

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Las tiranías nunca comienzan declarando el fin de la libertad; por el contrario, hacen de «la libertad» un norte y llegan prometiendo orden para salvarnos del caos. En esa grieta entre el miedo administrado e infligido y la indiferencia social germina el huevo de la serpiente.

El cuento de la criada, novela de Margaret Atwood publicada en 1985 (y adaptada en una versión más que aceptable en formato de serie, estrenada en 2017), muestra el advenimiento de una sociedad ultraconservadora tras la implosión de los Estados Unidos. El régimen de los Comandantes se hace con el gobierno luego de anular las instituciones vertebradoras de la democracia en el país del norte, y sobre las cenizas se erige la República de Gilead: un país sin fronteras que, como diría la Tía Lydia, anida en el corazón de todos.

Libro: El cuento de la criada 📚📖 Autor: Margaret Atwood Editorial: Salamandra debolsillo Idioma: español Disponible para entrega inmediata.🚚📦 Envíos a nivel nacional.🇭🇳

La suspensión de todas las garantías individuales fue un proceso lento, trabajado y pergeñado. No nació de la nada, sino del aprovechamiento del miedo colectivo, de la creación de un enemigo interno y de la búsqueda de
chivos expiatorios: la crisis económica, la caída de la natalidad, la alta mortalidad infantil, la crisis ambiental y una reacción conservadora ante los derechos adquiridos, sindicando a estos últimos como la principal fuente de degradación social.

En medio de este escenario, una organización extremista de fundamentalistas cristianos, The Sons of Jacob (Los Hijos de Jacob), aprovecha la coyuntura para responsabilizar al feminismo, a la secularización de la sociedad, a la libertad sexual y al aborto de ser los causantes de un castigo divino. Bajo la premisa de que Dios estaba ajustando cuentas con los impíos, avanzaron sobre las libertades individuales. Los Hijos de Jacob operaron en las sombras, infiltrándose en puestos estratégicos del ejército, la policía y la burocracia estatal estadounidense. En la ficción, este grupo perpetra el asesinato del presidente y de los miembros del Congreso en el Capitolio, adjudica los atentados a fundamentalistas islámicos y desata una histeria colectiva: la tormenta perfecta para que, en nombre de la seguridad nacional, la ciudadanía renuncie a sus derechos.

Cámara cctv o vigilancia que opera en la calle y el edificio por la ...

Con el pretexto de restaurar el orden y proteger a la nación, una junta militar provisional asume el control, declara el estado de sitio y suspende las garantías constitucionales. El marco jurídico preexistente es sustituido por un rígido sistema de castas (Comandantes, Esposas, Tías, Criadas, Marthas y Guardianes), dando lugar a una sociedad hipervigilada donde la frontera entre lo público y lo privado queda completamente difuminada. Lo que quedó de los Estados Unidos se fragmentó, reduciéndose a enclaves remotos desde los cuales se organiza la resistencia contra el régimen.

El cuento de la criada, al igual que otras distopías como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley, parte de la idea de un futuro cercano signado por la vigilancia continua, la planificación demográfica y un poder central que digita cada aspecto de la vida cotidiana. A cuarenta años de la publicación de la novela, vemos que la realidad vuelve a dialogar de cerca con la ficción. La potencia del relato  radica en que su autora incorporó atrocidades históricas reales —como las violaciones sistemáticas a mujeres (las Criadas) y la apropiación de menores despojados de madres consideradas «indignas» para entregarlos a familias sustitutas, práctica sistemática de la última dictadura cívico-militar en Argentina—. Todo lo escrito en El cuento de la criada ya
ocurrió, y el riesgo latente es que vuelva a ocurrir.

Madres de Plaza de Mayo realizan marcha en Argentina – tvsantiago
El ascenso de proyectos reaccionarios a escala global y la consecuente alineación de sectores conservadores con figuras como Donald Trump se manifiesta en múltiples latitudes: Jair Bolsonaro en Brasil (y la proyección de sus hijos en el tablero electoral frente al lulismo), José Antonio Kast en Chile reivindicando el pinochetismo, Nayib Bukele en El Salvador con su régimen de excepción y detenciones masivas, regímenes que se autodefinen de izquierda como el de Daniel Ortega en Nicaragua —que clausuró la competencia electoral—, Narendra Modi en la India y su hostigamiento a las minorías musulmanas, Giorgia Meloni en Italia con su agenda restrictiva frente a los derechos reproductivos, o Viktor Orbán en Hungría. A esto se suma el protagonismo de VOX en España y su cruzada contra la inmigración, una tendencia que permea al resto de la Unión Europea a través de políticas de frontera cada vez más duras. Argentina no es la excepción. Así como el Chile de Pinochet en 1973 abrió las puertas al neoliberalismo, el país parece haberse convertido en un laboratorio a cielo abierto: no solo del anarcocapitalismo, sino del tecnofeudalismo.

Muestra de ello es el desembarco de figuras centrales de Silicon Valley, como el magnate Peter Thiel —fundador de Palantir—, firma proveedora de tecnología de vigilancia e inteligencia aplicada en escenarios de conflicto como la Franja de Gaza. Nuestro país, que supo ser vanguardia regional en la conquista de derechos civiles y cuya diversidad identitaria marcó un diferencial histórico, se encuentra hoy en una encrucijada crítica. Gilead parece el horizonte predilecto de quienes convirtieron la «batalla cultural» no solo en el blindaje de un programa económico regresivo, sino en el andamiaje para erosionar consensos democráticos básicos.

El trasfondo discursivo del oficialismo actual no apela de manera explícita a instaurar una teocracia formal, pero su matriz doctrinaria —difundida por autores como Agustín Laje o Nicolás Márquez— comparte vectores directos con el universo de Atwood. Para muestra, algunos hitos: la disolución del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad y el cierre del INADI marcaron el desmantelamiento de políticas públicas orientadas a mitigar la violencia de género y las desigualdades estructurales, dejando desprotegidos a los sectores
más vulnerables.

A esto se suma la intervención de Javier Milei en el Foro de Davos contra los feminismos y las diversidades (englobando al colectivo LGBTQ+ bajo el rótulo de «colectivismo socialista»), junto con sus declaraciones responsabilizando a los movimientos de mujeres —los «pañuelos verdes»— por la baja en la natalidad y sus reiterados cuestionamientos a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) y a la  Educación Sexual Integral (ESI). La analogía con la trama de Atwood deja de ser una metáfora lejana para volverse una advertencia concreta. Este entramado no descansa únicamente en los resortes institucionales y sus voceros.

La historia de un pañuelo blanco que se convirtió en verde

Es indispensable dimensionar el papel de sectores neoconservadores, entre ellos vertientes evangélicas y pentecostales que operaron como base de militancia territorial y aportaron cuadros a las listas legislativas de La Libertad Avanza, encontrando en su feligresía un canal de difusión para el ideario oficial.

Gilead no se consolidó de golpe: avanzó mediante medidas graduales, asfixia económica y la complacencia de una sociedad que asumió sus derechos como conquistas irreversibles. Frente a las olas reaccionarias contemporáneas, la advertencia central sigue vigente: todo retroceso autoritario empieza, invariablemente, por disputar y disciplinar la autonomía sobre los cuerpos.

La verdadera tragedia de nuestro tiempo no es solo la existencia de proyectos dispuestos a restaurar el oscurantismo bajo el ropaje de la libertad, sino la anestesia colectiva que naturaliza la pérdida de lo común. No nos confundamos: la batalla cultural no es una discusión abstracta de ideas, sino una disputa feroz por decidir quién tiene derecho a existir y quién debe someterse.

El disciplinamiento corporal, la estigmatización de la diversidad y el desprecio por la justicia social ya no son meros recursos de la ficción. Gilead no está a la vuelta de la esquina: está tocando el timbre, y mirar para otro lado es, lisa y llanamente, una forma de complicidad.

José Luis Zamora – Profesor de filosofía.

Fuente: José Luis Zamora

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